Comienza cuando el objeto de tu afecto deposita en tí una dosis alucinógena embriagante de algo que nunca te has atrevido a admitir que quieres, una carga de emociones y de amor estruendoso. Pronto, comienzas a desear esa atención con la misma obsesión hambrienta de cualquier adicto. Cuando no se te da más, te enfermas, te vuelves loco, sin mencionar que te resientes con el traficante, que al principio de todo, motivó esta adicción pero que ahora se niega a darte la mercancía buena. ¡Maldición! Y antes solía dartela gratis. En la siguiente etapa estás delgado y temblando en una esquina completamtente seguro de que venderías tu alma sólo por tener esa cosa una vez más.